martes, 25 de agosto de 2009

Problemas, problemas, problemas

¡¿Y quién no tiene problemas?! Pero la cuestión es, ¿cómo son los problemas de cada uno? Está claro que a cada persona le afectan de una forma; y parece lógico que en esta vida existe una especie de ranking de problemas que va de mayor a menor importancia. Pero hay que reconocer que, depende del momento en el que cada uno se encuentre, algo puede ser una tontería o un gran motivo de preocupación.

Hay muchos tipos de problemas: físicos, psíquicos, familiares, laborales, económicos, amorosos, incluso existenciales. Existen personas con tendencia a preocuparse por todo y hacer de todo un mundo. También hay personas que rara vez se preocupan por algo. De la misma forma, hay gente ocupada en juzgar por qué otros se preocupan por tonterías. Quién no ha escuchado alguna vez frases como “pues que todos tus males vengan por ahí”, a lo que dan ganas de responder: “Ya, pero ahora mismo, esta bobada, son todos mis males”. Y es cierto, ¿por qué alguien no va a poder inquietarse por tonterías sin importancia si en ese momento así lo siente? Reivindico el derecho de las personas a preocuparse por lo que quieran, siempre que no molesten a los demás, claro está.


Como casi todo en la vida, el tamaño de un problema depende del cristal con el que se mire, por eso recomiendo a la gente que no se dedique a juzgar a la ligera los problemas de los demás. Algunos son tan sumamente graves que todo el mundo, sin que nadie diga nada, le da la importancia que se merece: terribles enfermedades, tragedias familiares, enormes precariedades económicas en las familias, y cómo no, los grandes males del mundo como las guerras y el hambre.

Pero no quiero ir tan lejos. En este momento quiero detenerme en los pequeños problemas cotidianos, los personales, los que hacen que alguien se entristezca y padezca la terrible sensación de vacío interior o las punzadas en la boca del estómago. Esas preocupaciones diarias que, en ocasiones, ni siquiera se proclaman a viva voz, ni siquiera se confiesan a un gran amigo o amiga del alma. Unas veces por temor a que “sacarlo” los convierta en reales; y otras, porque el dolor no permite que salgan al exterior. Pequeños problemas, sí. Quizá absurdos, sí. Pero para algunas personas, en ciertos momentos, incluso a sabiendas de que son asuntos realmente insignificantes, pueden centrar toda su vida sin pensar en nada más. Muchas veces esto es algo que aquellos jueces de saldo no se paran a pensar y, por lo tanto, no llegan a comprender.



Un prisma para cada persona
Una vez alguien me contaba quejándose que su pareja casi no daba importancia a los problemas que para esta persona eran como para no dormir. La misma persona, días más tarde, me confesó que su pareja le había explicado que cuando se pierde lo más importante en la vida (en este caso a su madre), el prisma con el que se miran las cosas varía considerablemente. Aquello no tuvo revocación. Sin embargo esta historia me hizo pensar en lo injusto de que, por no haber sufrido afortunadamente una pérdida semejante, su pareja considerara nimios algunos de los problemas que le atormentaban sin poder evitarlo.

Hay ocasiones en las que los problemas de los demás no deben medirse a través de los que hemos vivido nosotros mismos, puesto que el instrumento de medida sería nuestra propia escala de importancia, pero podría no ser la misma para la persona afectada. Además, en esas situaciones suele haber tantos factores que a veces la mejor solución es utilizar la empatía, ponerse en el lugar de los demás, y así comprender cómo puede llegar a sentirse el otro.

Claro está que al margen de todo esto queda esa clase de seres humanos que se pasean por la vida con una desesperante negatividad buscando problemas donde no los hay, como si en el día a día hubiera pocas cosas de las que preocuparse y ocuparse. En este tema, como en todos, también hay excepciones, manías y enfermos.

Problemas, problemas, problemas… está claro que sólo nos resta lamentarnos, y al final cada uno se queja de lo suyo.



jueves, 13 de agosto de 2009

El tiempo pasa pero la amistad no envejece

La amistad no sólo vive de esos poderosos recuerdos que forman parte de nuestras vidas. Lo increíble de una buena amistad es que, pase el tiempo que pase, esos momentos se pueden rememorar; y lo que es más importante, a partir de ahí se pueden crear otros nuevos que con seguridad se convertirán en el tema de conversación de una nueva reunión.

Recientemente, casi de modo milagroso y sin premeditación, mis amigas “de toda la vida” y yo hemos vuelto a coincidir durante unos días en nuestra ciudad natal. Allí comprobamos que, a pesar del tiempo, muchas cosas siguen igual. Unas teníamos más contacto que otras, unas nos veíamos muy a menudo… pero otras hacía un par de años que ni se veían las caras. Sin embargo, allí, en ese preciso momento, tomando unas cañas “donde siempre”, el tiempo volvía a detenerse para nosotras. Las mismas risas, las mismas bromas, las mismas anécdotas… Maravilloso.


Tras las historias pasadas y cerciorarnos de que a priori seguimos siendo las mismas, llegó el turno de las novedades: “Bueno, ¿y qué es de tu vida? ¡Cuéntanos!” Y lo grande de todo esto es que siempre hay algo nuevo que contar, aunque sea que “no hay nada nuevo que contar”. Pero, en ocasiones, los años y las experiencias vividas hacen que las personas cambiemos en algunos aspectos, y mostremos una forma de pensar, de vivir, incluso de vestir diferente a la que teníamos habitualmente. No nos engañemos, esto en principio asusta, y algunos piensan que quizá ese grupo ya no tenga tanto en común. Tanto es así que, de repente, casi como si la tertulia nos estuviera escuchando el pensamiento, nos encontramos pronunciando un “con lo que tú eras para eso” o “parece mentira que tú digas eso”. Algo ha cambiado sí, pero esto no hace más que enriquecer al grupo y demuestra que, a pesar de las nuevas actitudes, las nuevas relaciones, trabajos y nuevas ciudades de residencia, la amistad que un día nos unió continúa presente, porque si no fuera así, ¿por qué volver a juntarnos?



Todo sigue igual
Es por eso que en cada reunión, además de las novedades, alguna historia, algún detalle, expresión o gesto permite que se oiga un “estás como siempre” o “muy normal en ti”. Vaya, parece que finalmente todo sigue igual. El tiempo pasa, crecen las vivencias, las personas cambian, pero la amistad, la de verdad, parece que nunca envejece. Y tras disfrutar de unos días como si el tiempo no hubiera pasado, todo termina.


¡Hasta la próxima, pero que no se demore tanto! O sí… al fin y al cabo, todo seguirá igual.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Bienvenidos y bienvenida

Como toda persona que ha recibido un poco de educación y la pone en práctica, lo primero que quiero hacer es daros la bienvenida a mi "blog", y cómo no, dármela a mi misma también, puesto que soy nueva en estas lindes. Me alegro que estéis visitando mi página y os divirtáis un rato leyendo mis historias que, eso sí, son de todo tipo.

He de reconocer que al principio era reacia a publicar nada sobre mi, y nada amiga de todas las nuevas tecnologías y redes sociales como puede ser un blog. Pero alguien me lo sugirió y tengo tanto que escribir y tanto que decir, y tantas ideas, reflexiones y temas brotan de mi cabeza que me pregunté por qué no compartirlo con todo aquel que lo desee.

Y asi surgió este blog en el que espero no aburriros, y si es así, ya sabéis, sólo tenéis que esperar a que publique algo más de vuestro gusto. No os prometo nada, porque lo cierto es que esto es más personal que público; es como si dejara que la gente pudiera espiar algunos de los pensamientos que plasmo en "papel".

Cosas monas
Sólo me queda dar una explicación del nombre de mi blog "Cosas monas", y es que desde hace años, así llamo a todo lo que otros etiquetarían como "Varios", la culpa la tiene Bender, el robot doblador (aunque nunca doblo nada, en realidad) de la serie Futurama. Sí soy una friki de todas esas series, y cuando el utilizó esas dos palabras en el capítulo 14º de la segunda temporada (gran capítulo con una postal de felicitación esquirol y un trío de hermanos sin inigual...) para referirse a un carro de regalos que le había comprado a su progenitora en el Día de la madre, me di una panzada a reír. Fue más el cómo lo dijo, que el dicho en sí, pero desde entonces lo uso mucho.

Bueno, ya me vais conociendo un poco más.

Y para que veáis que no todo van a ser rollos, os muestro el fragmento del capítulo de Futurama del que os hablo (eso sí, son sólo dos minutos).

Si en en el fondo os va a gustar mi blog...