Uno, dos y tres yo me calmaré; cuatro, cinco y seis, todos lo veréis.
La ira, ¡ahhh, la iraaaa!
Por mucho que digan no hay forma de canalizarla. La ira llega y te invade, se apodera de ti, quieres hacerte dueña de la situación pero cuando has conseguido mantener a raya el cerebro te das cuenta de que todo el cuerpo te tiembla y las extremidades, las manos y los pies, están en tensión, en tanta tensión que podrías asegurar que te han crecido un palmo de su tamaño normal.
El corazón, a cien por hora; la respiración, abundante, continua, pero entrecortada, con dificultades para llegar al fondo de los pulmones donde encontrarían el oxígeno necesario para que la cabeza no se moviera de un lado a otro.
El ceño fruncido no es una forma de hablar, se ha convertido en un hecho claro de tu rostro. La paciencia de repente te resulta desconocida, la tranquilidad nunca llega, la necesitas, pero en el fondo quieres seguir así, porque tú en lo hondo de todo esto tienes la razón, y lo sabes. Sabes que eres alguien normal, si no te pondrías así. Esta actitud que, paso a paso, acelerado, casi sin darte cuenta que un pie sigue a otro apresuradamente y que llevas recorridas calles sin apenas darte cuenta, no podría ser de no tener razón. De sobra conoces los motivos de los demás, pero nada importa, la razón es la tuya, y maldices al resto por pensar lo contrario, por hacerte sentir como te sientes, por hacer que tu corazón se salga del cuerpo, por haber perdido el rumbo, porque tu cerebro de vueltas sobre el asunto, porque tu ceño se frunza, porque tu paso se acelere… … … …
… … … porque tus ideas se aclaren, porque tu corazón vuelva a su sitio, aunque siga alborotado, porque tu cuello se asiente y deje el “lado a lado”, porque tus pulmones alcancen por fin el fondo donde está el oxígeno, porque los demás tenían sus motivos, porque igual me he pasado, porque sigo teniendo razón, porque estas no son las formas, porque las cosas se hablan, porque mi corazón está relajándose, porque no soy quién, porque no me gustan estas situaciones, porque esto hay que hablarlo, porque mi cuerpo se relaja, porque me siento agotada, mi extremidades merman, porque me siento mal, porque necesito un abrazo, porque no lo tengo, porque así no me acuesto…
Porque mi cuerpo manda sobre mi, porque no puedo evitarlo. Porque necesito un abrazo, porque no lo tengo. Porque con odio se ha escrito la Historia, porque yo no la escribiré. Porque con razón o sin ella las cosas no son así, porque es una frase hecha, pero guarda gran verdad.
Porque en el fondo, y es como empezaba esto, ellos no tienen la culpa, la ira la tiene. Las cosas se arreglan y la ira, no descansa, un cuerpo con ira, no descansa. Parece que la ira se ha ido, que el cuerpo descansa. Pero sí, necesito un abrazo; y no, no lo tengo; porque si lo tuviera rompería a llorar; porque no, no hay porqué. La cosa no quedará así, y esto siempre es preludio de algo negativo, pero esta vez, ahora, expondré de nuevo mis razones, porque la ira ha salido de mi, mi cuerpo es libre, ¡que entre el diálogo y el oxígeno en mis pulmones…! Ahora soy yo sola. Sin embargo, siento que soy susceptible de tenerla otra vez… Esperemos que tarde… Me daré tiempo …
Una dos y tres, yo me calmaré; cuatro, cinco y seis… y siete y ocho, y nueve y diez!!!
Canción: The call, Regina Spektor. Ending of Chronicles of Narnia. Prince Caspian.